TODO SIGUE IGUAL EN EL INPEC

 A propósito de la corrupción que se ha puesto de manifiesto en el INSTITUTO NACIONAL PETINENCIARIO, cobra vigencia este escrito que publiqué en el Diario La Opinión de Cúcuta hace casi doce años, donde denunciaba lo que era este nido de burocracia y corrupción, el que me permito reproducir.

EL INSTITUTO NACIONAL PENITENCIARIO (INPEC), NIDO DE  BUROCRACIA MILITAR Y EJEMPLO DE INEFICIENCIA Y DESGREÑO ADMINISTRATIVO.

 

Hace pocos meses, tuve la oportunidad de visitar el edificio donde funciona el INPEC, en Bogotá, edificación tan desagradable como cualquier cárcel del País, porque da la impresión de ruina y desgreño administrativo, sensaciones que no son equivocadas, como efectivamente pude comprobar. Para esa fecha, todavía se desempeñaba como directora la señora Teresa Moya, quien sólo atendía personalmente a los congresistas y amigos del gobierno, pues para el  vulgo, cuando no estaba viajando, se encontraba en una reunión o comité. El desgreño administrativo y la ineficiencia del personal del Inpec, se revela en un pequeño, pero diciente  detalle: Hoy, después de más de un mes de haber sido aceptada la renuncia de la señora Teresa Moya, todavía conserva su buzón electrónico en la Institución, como puede comprobarse en la respectiva página Web: teresa.moya@inpec.gov.co

 Para comenzar, se trata de un edificio viejo de más de trece (13) pisos, dotado con un ascensor que se encuentra fuera de servicio, de modo que a las personas mayores o impedidas, no tienen acceso a las oficinas del Instituto, por fuerza de las circunstancias. En la recepción, se encuentran instalados dos arcos detectores de metales que también está fuera de servicio, como también al parecer lo están los 80 o 100 privilegiados guardianes que en pago de cualquier favor político son destinados a ver pasar las horas en esa edificación, vigilando que la directora,  o el director,  no huya, y cumpla al pie de la letra con las disposiciones que expiden los “internos”, porque son ellos quienes imponen la ley en esas escuelas del crimen, y son ellos quienes deciden hasta cuándo están allí, como ha quedado demostrado últimamente.

  A riesgo de mi propia salud, como quiera que viajé a la Capital a primera hora, con el exclusivo propósito de entrevistarme con la Directora, decidí aventurarme por la escalera hasta el piso 13, porque según indicación de la guardiana-recepcionista allí me daban la información que necesitaba, dado que “la doctora” sólo podría atenderme dentro de ocho días, si su agenda se lo permitía, pues estaba ultimando unos asuntos muy importantes con un señor cuyo nombre no entendí muy bien, pero me sonó algo así como care-cuchillo. No entendí de qué se trataba, ni me importaba si care-cuchillo era el presidente del Congreso, el ministro estrella, o un asesor presidencial. Pues bien, debo reconocer que por mi estado físico tan calamitoso, me gasté como una hora en llegar al piso 13, luego de once largos descansos, porque el oxígeno me faltaba. Tuve suerte en coronar la meta, porque en más de una ocasión estuve a punto de ser arrollado, unas veces  por rollizas guardianas, que portaban bandejas con café tinto, y otras por ágiles y muy jóvenes guardianes que subían y bajaban frenéticamente por las escaleras, donde al parecer se concentra toda la actividad del Instituto, porque en las oficinas, reina la paz y el silencio entre los pocos funcionarios que en ellas permanecen. Debo decir que la actividad que observé en las escaleras era tan intensa y con tal derroche de alegría, que me dio la impresión de que se  estaba organizando como una fiesta o un paseo.

 Cuando pude llegar al piso 13, había perdido la respiración,  y me tocó sentarme en la escalera a recuperarme, porque los  guardianes allí destacados copaban los pocos asientos que pude inventariar, y quedaban guardianes de pié. Cuando ya pude hablar, pregunté por la doctora cuyo nombre me habían indicado en la recepción; el guardián que en ese momento terminaba de contar un chiste, sin dejar de complacerse en su habilidad histriónica, y sin dejar de mirar a sus contertulios, me respondió que estaba en “un comité”, que fuera al piso 11, porque en ese piso “todos estaban muy ocupados”, y no me permitió seguir.

 Por mi relato, habrán notado que todo el edificio está poblado de guardianes del INPEC, cuyas funciones no son ni cuidar al director de turno, ni cuidar las oficinas del Instituto, sino vigilar las cárceles del País, y que por su precaria instrucción, su perfil no resulta el más adecuado para atender al público, dado que no alcanzan a entender adecuadamente qué es el servicio público, y creen que el uniforme que portan es el de generales de la República.

Ya de regreso a Cúcuta, me preguntaba: no resultará más económico contratar la vigilancia de la sede con una compañía particular, en lugar de dedicar 80 o 100 guardianes a realizar funciones para las que no han sido designados? Piénselo, señor Ministro, en los raticos que no dedique a recibir los emisarios de sus amigotes.

 P. D. Se me escapaba decir que los oficiales retirados de las fuerzas armadas, por circunstancias que no alcanzo a entender, ocupan los cargos directivos del INPEC, y por eso allí reina un estilo muy particular de atender al público, revelado en las siguientes expresiones. “Hagan fila, guarichos”.  “Allá el viejito de gafas, qué quiere.”


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