DIAGNÓSTICO, SEPTICEMIA
Ante tanto abuso repetido, ante tanto vandalismo y la repugnante sevicia con la que actúan muchos policías en contra de ciudadanos inermes, ante los repetidos asesinatos injustificados, hay que concluir que no se trata de cuatro manzanas podridas, como algunos quieren hacer creer para soslayar un problema que es grave, que es real, que es sistémico, es decir, institucional. Tampoco es serio culpar a los opositores del gobierno y a supuestos grupos terroristas internacionales del desprestigio de la Policía y de otras instituciones. No. Las instituciones, y entre ellas la Policía, vienen degradándose y desprestigiándose por sus torcidas actuaciones que hoy, gracias a las técnicas de la información y de las comunicaciones, vienen saliendo a la luz pública y se han vuelto de conocimiento masivo.
Entendemos que
todos esos problemas estructurales son una papa caliente para el actual
gobierno que, en medio de su anarquía, su liviandad y las disparatadas
ocurrencias de algunos altos dignatarios, no atina qué hacer, ni para dónde
correr, pero es al gobierno al que le corresponde solucionar las crisis y las desviaciones
de las instituciones, para que de esta manera cumplan recta y eficientemente
sus funciones constitucionales y legales.
Creemos que el
problema de la Policía Nacional, -que entre
otras cosas ya en el pasado la hemos visto convertida en brazo armado de una
causa política-, está en el perfil de las personas que buscan los encargados de
incorporar sus agentes, porque un gran número de ellos están demostrando fallas
psicológicas, de educación, de instrucción y de personalidad, que los llevan a sentirse
emperadores, y están convencidos de que la ley es para el ciudadano del común y
no para ellos, todo lo cual bloquea los frenos inhibitorios a la hora de
actuar, y terminan atropellando, torturando, y hasta asesinando despiadadamente.
No es
conveniente ni sensato que un asunto tan neurálgico se maneje con el manido discurso
de que son “calumnias de la oposición” o recursos de la izquierda para
desprestigiar las instituciones porque, como vamos, la violencia estatal va a seguir
escalando hasta conducirnos a una total supresión de las libertades y garantías
ciudadanas, donde la crítica y la libre opinión serán reprimidos con la cárcel,
con la tortura, o con la misma muerte. Ojo que ya se le vieron las orejas al
lobo, con el espionaje y seguimiento que le tienen montado a los críticos del
gobierno, como quedó evidenciado con el caso del exsenador Juan Fernando Cristo
Bustos.
(La Opinión.
Viernes 18-09-2020)
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