Me recreo leyendo artículos publicados en LA OPINION hace como doce años.

UN SOBERANO BOBERNADOR


Cuenta la historia antigua que a comienzos del silgo XXI, el Norte de Santander tuvo un bobernador muy querido, a quien sus mas fieles servidores –que sí los tuvo-, llamaban Gobernador, y se posesionó acompañado de gran popularidad y mucha expectativa, por su fama de  mamador de gallo, tacaño, irresoluto, pero honesto. Su llegada al primer puesto del Departamento se dividió en dos etapas: en la primera, no fueron capaces de convencerlo sus correligionarios, porque él mismo no sabía si estaba preparado para tal responsabilidad, y porque sus escrúpulos no le permitieron engañar a los políticos, utilizándolos para su ascenso y luego hacerles la figura de un arma de fuego con los dedos de los pies, que fue lo que al final ocurrió, pues siempre había dicho que los políticos eran unos ladrones y que le sabían a m.... En la segunda, animado por una distinguida dama Pamplonesa -que tenía razones para conocerlo muy bien- y le aconsejaba que no desaprovechara  su cuarto de hora, decidió, con premeditación y alevosía, aceptar que los políticos hicieran su trabajo por su candidatura, y luego los declaró personas no gratas en su despacho. De esta manera fue nombrado Gobernador, pero nunca ejerció pues ni siquiera terminó de integrar su gabinete y tampoco supo cuál era el presupuesto del Departamento ni la deuda con los maestros. Además, siguiendo los consejos de su alter ego, un banquero con mucha experiencia, guardó con mucho celo los recursos del Departamento en los bancos, para que no se lo fueran a robar los diputados, y nunca los gastó. Tampoco hizo obras de ninguna clase, ni siquiera las que le imponía su credo religioso, dizque por no tener que recibir comisiones. Una razón adicional a su exagerada tacañería que pocos conocen era el llanto que lo atacaba durante varios días, cuando tenía que decretar algún gasto, ya que por extrañas y patológicas razones, soñaba que era tan pobre, tan pobre, que solo tenía dinero, y eso lo deprimía mucho, hasta el día en que, al final de los cuatro que se concedió para dormir su sueño, un colega le recomendó hacer un curso por correspondencia sobre Administración de Empresas.

Una de las características de su figurado mandato fue que nunca recibía ni conversaba con nadie, pues a decir de su círculo de hermosas colaboradoras, siempre estaba en Juntas y reuniones, pero nunca se supo con quién, ni el objeto de tales reuniones. Las lenguas mas suspicaces dicen que nunca pudo recibir a nadie, ni a los periodistas, porque se pasó los cuatro años estudiando el presupuesto del Departamento y tratando de diseñar una forma de contratar que le permitiera conservar intactos los dineros depositados en los bancos. Fue tan grande su aislamiento, que un primo suyo, también  muy agudo, y suspicaz, luego de tratar infructuosamente de entrevistarse con él por varios meses para recomendarle una secretaria de la Cámara de Comercio, muy buena, le dejó este mensaje en el buzón de su celular: Juancito: si está vivo llámeme; si está muerto espánteme.

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